El tiburón blanco destaca como la
máquina de matar por excelencia.
Un asesino oceánico errante que
ataca allí por donde pasa.
Su reputación se apoya sobre los 400
millones de años de evolución
que han ido agudizando sus sentidos
y perfeccionando su biología.
En lugar de perderse en el océano,
el calor generado por la actividad muscular del tiburón
se recicla y calienta la sangre que llega al corazón.
Esto mueve el metabolismo del
animal como un motor turbo
para dotar a los tiburones blancos de
un 45 % más de potencia
respecto a otros animales
de tamaño similar.
Al estar caliente,
el cerebro del tiburón incrementa su capacidad
para procesar la información que le llega
de toda una serie de supersensores
como sus enormes órganos
de gusto y del olfato.
Capaces de detectar una presa a más de
kilómetro y medio de distancia,
y la red de pequeños canales sensibles a
la más leve vibración del agua,
sensores eléctricos que pueden captar
la actividad nerviosa de la presa.
Estos supersensores que
funcionan por calor,
atiende el tíburo en blanco un
depredador sin parangón.
Suelen tender las emboscadas a
sus presas desde abajo.
Algunos científicos creen que estos animales poseen
un sentido del gusto tan desarrollado,
que les permitiese ver cuando un humano no tiene la grasa suficiente
como para que merezca la pena comérselo.
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